La señora de las moscas
En el hospital lo pasé muy bien. Como no había camas en la planta infantil, me buscaron sitio en la de los viejos y allí estreché lazos con una viejecita de Pontevedra a la que se le gangrenaron los labios vaginales. La pobre sufrió mucho, porque en aquellos tiempos moscas y enfermos compartían habitación. Así que la mujer tenía su entrepierna como un panal de abejas, pero con menos miel. Sin embargo, eso no le importaba a Faustino, un señor mayor de Cuenca que tenía especial predilección por la anciana. El hombre, al que le practicaron una traqueotomía después de tragarse su propia dentadura, la perseguía día y noche con la intención de intimar un poco, pero ella le daba largas. Una y otra vez corría despavorida por el pasillo, y las moscas detrás. De vez en cuando, se dejaba querer en el jardín del hospital, pero los muchos camaleones que habitaban allí desenroscaban sus lenguas para comerse los insectos que arrastraba la vieja y, la verdad, eso les cortaba un poco el rollo. Un día, el viejo murió de sobredosis en los brazos de la anciana y ésta, que se había quedado con un resquemor, decidió darle satisfacción post mortem y le hizo un trabajito fino que aplaudieron hasta las moscas. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo también quería experimentar esas sensaciones, y me practiqué mi propia traqueotomía. Estuve a punto de morir. Otra vez.

Marujita Robinson dijo
Qué grande, sigue así, que me estoy enganchando
17 Febrero 2007 | 05:07 PM